Lingo Mexa
El lenguaje coloquial que no puede (ni debe) extinguirse
El lenguaje está siendo expuesto al cambio
Hay palabras que no solo comunican: acomodan el mundo. Hacen que una conversación sea suave, que el barrio se sienta barrio, que la sobremesa tenga ritmo. El lingo mexa —ese español atravesado por lenguas originarias, humor, afecto y calle— funciona como una infraestructura emocional: nos da pertenencia sin tener que explicarla.
Y sin embargo, hoy esa infraestructura se desgasta por dos fuerzas que se sienten “normales” hasta que duelen: la estandarización (hablar neutro, hablar “correcto”, hablar para el algoritmo, los textos generados con IA) y la gentrificación, que no solo cambia rentas, contratos y comercios: también cambia quién se adapta a quién en el espacio público. Un menú en inglés en una ciudad hispanohablante puede ser “solo traducción”… o puede ser una señal de jerarquía cultural.
Si el idioma cambia… no siempre es parejo
Que el lenguaje evolucione es natural. Lo que no es neutral es qué se premia y qué se vuelve “vergonzoso” o “anticuado”. En ciertos barrios, el inglés empieza a operar como requisito tácito —en menús, letreros, dinámicas de servicio— y eso empuja a que el español local se “acomode” para ser consumible. Hasta se vuelve noticia cuando se denuncia que en zonas como Roma/Condesa se exige inglés para trabajar en hospitalidad, según dicen unas cuantas regulaciones y noticias.
En paralelo, las discusiones recientes sobre gentrificación en CDMX muestran que el conflicto no es solo estético: toca vivienda, pertenencia y la sensación de desplazamiento cotidiano.
En ese contexto, el spanglish tiene dos caras: puede ser juego generacional, creatividad y mezcla legítima… pero también puede convertirse en default de prestigio, como si lo “moderno” tuviera que venir en inglés y lo local quedara como accesorio. La mezcla es natural; la subordinación no. A los mexicanos no les molesta escuchar a los extranjeros usar sus palabras, ya que es una señal de que se adaptan a nosotros y no nosotros a ellos.
El “mande” como síntoma: una campaña lo puso sobre la mesa
Hace un par de años, Corona —quizá la marca mexicana más reconocida globalmente— lanzó “México Manda” y jugó con una idea: cambiar el “mande” por el “mando” para encender orgullo y postura. La campaña no inventó el cambio; lo iluminó. Porque, en la vida real, ese regaño escolar del siglo XX —“No se dice ‘¿qué?’, se dice ‘¿mande?’”— se escucha cada vez menos.
Y ahí está lo valioso: el “mande” no es el tema, es un termómetro. Concepción Company ha defendido “mande” como un marcador muy identificado con el español mexicano y, además, ha desmontado el mito fácil de que sea una imposición colonial (llega a señalar la ausencia del “mande” en amplios corpus documentales del periodo colonial). Su declive, entonces, no es solo lingüístico: habla de un país que reconfigura sus códigos de respeto, de autoridad y de cercanía.
Lo importante no es rescatar una palabra: es sostener el sistema
Cuando se pierde el lingo, no se pierden “modismos”: se pierde una forma de cuidarnos con el habla. Por eso conviene mirar el lingo mexa en capas:
Raíces vivas (náhuatl dentro del español): palabras que no son folclor, son uso diario: tianguis, apapacho, guacamole, cacahuate… y muchas más. El náhuatl sigue apareciendo en el español cotidiano con fuerza —al punto de que medios han enumerado y explicado estas palabras de uso común, justo para recordar que están vivas.
Mexicanismos de calle: vocabulario que organiza el ritmo social (lo que suaviza, lo que advierte, lo que hace comunidad). Su relevancia es tal que hay obras de referencia dedicadas a mexicanismos.
Remix contemporáneo: memes, spanglish, internet. No es el enemigo. El riesgo aparece cuando el “prestigio” se vuelve monolingüe (en inglés) y lo mexa queda como “color local” para turistas.
Palabras puente: las que todavía pueden vivir entre generaciones (sin forzarlas)
Si la misión es que el lingo no se extinga, no se trata de hablar como museo. Se trata de sostener palabras que siguen siendo naturales para distintas edades porque resuelven algo que otras no resuelven igual. Compartamos el lenguaje, amplifiquemos su legado:
Cuidado comunitario
Aguas: alerta con cariño, no con pánico.
Al tiro: presencia, atención, estar en la jugada.
Tiempo mexicano (elástico, humano)
Ahorita / al ratito: no es solo tiempo; es negociación social.
En corto: directo, sin rodeo, con complicidad.
Afecto sin cursilería
Apapacho: no “abrazo” genérico; contacto con intención (hasta se ha explicado su origen náhuatl en divulgación cultural).
Provecho: comunidad instantánea.
Verdad emocional
Neta: honestidad sin solemnidad.
Chale: derrota chiquita, dolor con humor.
No manches: sorpresa socialmente compatible.
Puertas de entrada (para que el lingo no intimide)
Qué onda / órale / ándale: palabras llave. No preguntan “¿quién eres?”: invitan a entrar.
Estas palabras son “puente” porque no dependen de nostalgia: dependen de función. Y lo que funciona, sobrevive.
Resguardar el lingo con arte
Aquí es donde ArtBank puede convertir el tema en movimiento. Porque el lenguaje también tiene paisaje: se ve en letreros, menús, rotulación, paredes. Y si la gentrificación puede “traducir” la ciudad hacia afuera, el arte puede re-escribirla hacia adentro.
Rotulación viva / tipografía de barrio: residencias o intervenciones que rescaten fraseo mexa (no como merch, como señalética afectiva).
Murales-glosario: piezas que integren palabras puente + su “uso real” (no definición académica). Un mural que no solo se mira: se lee en voz alta.
Menú en español primero (y el resto después): si hay traducción, que sea segunda capa, no portada. Que la hospitalidad no implique que la ciudad se subordine.
Archivo oral comunitario: audio de mercados, tianguis, familias, oficios. El lingo vive más fuerte en lo hablado que en lo escrito.
Talleres intergeneracionales: abuelxs + morrxs armando su propio diccionario vivo (lo que se queda, lo que ya no, lo que renace).
El lingo mexa no se salva con nostalgia, se salva con uso: en la calle, en la casa, en el trabajo, en el arte. No para “cerrarnos” al mundo, sino para que lo global no convierta lo local en decoración.