Cuando el cine venía en bolsita

Películas piratas, pero cultura accesible

Antes de que todo estuviera “disponible”

Hubo una época en la que ver una película también era salir a buscarla.

Antes de que el catálogo infinito viviera dentro de una pantalla, el cine se encontraba en lugares muy específicos: en el videoclub de la colonia, en el puesto del parque, en el tianguis, en la banqueta, en una carpeta llena de portadas impresas, en una recomendación dicha de boca en boca.

“Llévate tres por cien.”
“Ya salió la nueva.”
“Esa se ve bien, pero se escucha bajito.”
“Esta viene subtitulada, joven.”

Para muchas personas en México y Latinoamérica, el cine no llegó primero como experiencia premium, sino como copia compartida. Una película grabada, quemada, empacada en plástico delgado, con una portada medio pixeleada y un menú que a veces ni servía. Era imperfecta, sí. Pero también era accesible.

Y ahí empieza lo interesante.

La copia también fue una forma de acceso

Cuando hablamos de películas pirata, solemos quedarnos en la parte legal o económica del tema. Y sí, esa tensión existe. La piratería afectó industrias, modelos de distribución y derechos de autor. No conviene romantizarla como si fuera una postal inocente.

Pero culturalmente, esos DVDs también cuentan otra historia: la de una generación que aprendió a consumir cine desde la informalidad, la curiosidad y la cercanía. El DVD pirata no solo era un producto. Era una puerta.

Una puerta a películas que no siempre llegaban al cine local. A historias que no estaban en televisión abierta. A géneros, actores, directores y mundos que se colaban en la sala de la casa, aunque vinieran con mala resolución, audio disparejo o subtítulos rarísimos.

La teórica Hito Steyerl habla de la “poor image”, la imagen pobre: una imagen degradada, copiada, comprimida y compartida que pierde calidad, pero gana circulación. Y tal vez por eso este recuerdo nos toca tanto. Porque muchas de nuestras primeras experiencias con el cine no fueron perfectas. Fueron prestadas, rayadas, dobladas, copiadas. Pero fueron nuestras.

El videoclub como museo cotidiano

También hubo otro ritual que desapareció casi sin que nos diéramos cuenta: ir a rentar películas.

El videoclub tenía algo de museo cotidiano. Entrabas sin saber exactamente qué querías ver. Caminabas por pasillos con géneros que a veces hasta intimidaban. Leías portadas. Alguien de tu familia elegía una comedia, alguien más quería terror, alguien escogía una “de acción” solo por la portada.

Rentar una película era una pequeña decisión colectiva. Hoy elegimos desde algoritmos. Antes elegíamos desde estantes. Antes preguntábamos: “¿cuál me recomiendas?” Hoy el contenido aparece personalizado. Antes alguien lo acomodaba físicamente. Hoy todo parece disponible. Antes había que encontrarlo.

Y en ese “encontrarlo” había comunidad.

Los vendedores como curadores populares

Los vendedores de películas pirata también eran, de alguna manera, curadores populares.

Sabían qué estaba de moda, qué película estaba pidiendo la gente, cuál venía en buena calidad, cuál era puro engaño, cuál ya estaba “bien grabada”. No curaban desde una institución, sino desde la calle. Desde la demanda real. Desde lo que la gente quería ver ese fin de semana.

En una misma mesa podían convivir blockbusters, cine mexicano, caricaturas, temporadas completas de series, conciertos grabados, anime, películas religiosas, cine de terror, comedias románticas y títulos de culto con portadas imposibles.

Era una biblioteca informal de deseos populares.

De la bolsita al software

La piratería no desapareció, cambió de forma. Antes tenía cuerpo: disco, bolsa, portada, puesto, vendedor. Hoy muchas veces tiene interfaz: aplicaciones, links, servidores, add-ons, grupos, archivos compartidos, IPTV, páginas espejo. La propia industria antipiratería en Latinoamérica ya identifica la piratería online a través de páginas web, aplicaciones ilegales, streaming, apps y redes sociales.

Ahí aparecen sistemas como Stremio, que no necesariamente deberíamos presentar como “la nueva piratería” en automático, porque la herramienta en sí se define como un media center y también puede funcionar con fuentes legítimas. Stremio dice tener más de 30 millones de usuarios en el mundo y opera a través de un sistema de add-ons para acceder a diferentes contenidos. Pero la conversación cultural se vuelve más interesante cuando entendemos que muchas de estas herramientas viven en una zona gris: la plataforma puede ser limpia, funcional y hasta bonita, mientras que ciertos add-ons creados por comunidad pueden conectar a contenidos no oficiales. Stremio mismo aclara que la mayoría de los add-ons disponibles son creados por comunidad y que no los controla.

Ese es el salto cultural: pasamos de la piratería visible a la piratería invisible.

El streaming prometió acceso, pero trajo fragmentación

Cuando llegaron las plataformas, parecía que el problema del acceso se iba a resolver. Todo iba a estar ahí. Todo iba a ser más fácil. Todo iba a ser legal, limpio, inmediato, por un tiempo se sintió así.

En México, el streaming ya es parte estructural del consumo audiovisual. INEGI reportó que en 2024, 12.7 millones de hogares mexicanos tenían servicio de streaming, equivalente al 32.4% de los hogares. El IFT también señala que el consumo de contenidos audiovisuales por internet pasó de 46% en 2018 a 55% en 2024 entre las personas encuestadas. Y en el mercado SVOD, Netflix sigue siendo la plataforma con mayor acceso o suscripción en hogares encuestados, seguida por Prime Video y Disney+.

Hoy hay más oferta, pero, también hay más cansancio. Más mensualidades. Más contraseñas. Más catálogos partidos. Más contenido escondido. Más sensación de que algo “está disponible”, pero no necesariamente para ti.

Y ahí se abre una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la cultura parece más accesible que nunca, pero en realidad está repartida detrás de demasiadas puertas de pago?

La nostalgia no es solo por el DVD

Tenemos nostalgia por un acceso más físico, más barrial, más humano. Un acceso desordenado, pero también más compartido. Antes el cine circulaba en la calle. En bolsas negras. En folders plastificados. En puestos improvisados. En mercados donde la recomendación importaba tanto como la portada.

Hoy circula en interfaces. En buscadores. En cuentas compartidas. En descargas. En apps que prometen reunir lo que el mercado separó. La diferencia es que antes la informalidad se veía. Hoy se disfraza de comodidad.

Hoy nos interesa mirar estos recuerdos no como objetos viejos, sino como señales culturales. Porque hablar de arte accesible también implica preguntarnos cómo ha circulado la cultura cuando las instituciones, los museos, los cines o las plataformas no alcanzan para todos.

Y aunque hoy el cine viva en streaming, esa época nos dejó una lección: la cultura quiere moverse. Quiere encontrar caminos. Quiere llegar a la gente, incluso cuando el sistema no le abre la puerta. Por eso, más que recordar las películas pirata como una simple curiosidad nostálgica, podemos leerlas como parte de una memoria cultural latinoamericana: una memoria de acceso, deseo, informalidad, comunidad y circulación.

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