Hablemos de mierdificación
Filosofía de un internet en ruinas
Arte: Poop Greetings Card de Jon Burgerman
Hubo un momento en que internet parecía una promesa: un espacio para descubrir, conectar, aprender, mirar cosas raras, seguir obsesiones muy específicas y encontrar comunidad. Hoy, en cambio, muchas veces se siente como un lugar que nos empuja, nos agota y nos administra. No navegamos: nos navegan.
A eso Cory Doctorow le puso nombre. Primero en 2022 y después en su libro Enshittification, explicó cómo las plataformas suelen seguir una misma secuencia: primero son buenas con las personas usuarias para atraerlas, luego se vuelven más útiles para anunciantes, marcas y negocios, y al final exprimen a ambos bandos para maximizar valor para los accionistas. No es un accidente técnico ni un simple “internet ya no es como antes”; es un modelo.
No es nostalgia, es estructura
Lo fácil sería leer esto como nostalgia digital: extrañar el internet “bonito”, más libre, más raro, más humano. Pero la mierdificación no va solo de una pérdida estética. Va de algo más profundo: la apropiación de nuestra atención, de nuestros vínculos y hasta de nuestra capacidad de asombro por parte de unas cuantas infraestructuras privadas.
Por eso hoy todo se parece un poco a lo mismo. El timeline ya no está diseñado para mostrarnos lo más interesante, sino lo más rentable. El algoritmo no prioriza necesariamente lo verdadero, lo valioso o lo bello, sino lo que retiene. Y lo que retiene suele ser el conflicto, la simplificación, la indignación o la repetición infinita de formatos que ya sabemos que funcionan.
Ahí caben desde las “novelas” absurdas de frutas y los microdramas serializados que convierten cualquier tontería en saga, hasta la sensación de que incluso lo que debería emocionarnos llega contaminado por ruido, pelea y sobrelectura. No todo eso nace de la maldad de una sola plataforma, pero sí de una lógica compartida: si algo capta atención, se exprime hasta vaciarlo.
Del descubrimiento al agotamiento
También por eso cada vez más personas sienten cansancio frente a las noticias. El Digital News Report 2024 del Reuters Institute encontró que alrededor de 39% de la gente dice que a veces u a menudo evita las noticias; entre las razones aparecen su carácter repetitivo, su volumen abrumador y la sensación de ansiedad e impotencia que provocan.
Esa cifra importa porque muestra algo cultural: no estamos dejando de informarnos solo por apatía. Muchas veces nos estamos protegiendo de una arquitectura mediática que mezcla tragedia, alarma, opinión instantánea y notificación constante en una misma sopa. Una sopa donde todo compite contra todo: una guerra, una teoría conspirativa, un meme, una ruptura de celebridades, una crisis climática, una receta, una estafa.
La mierdificación no solo empeora la experiencia de usuario. También erosiona la experiencia emocional de estar en el mundo.
Cuando incluso lo histórico llega ya polarizado
Tal vez ahí está una de las pérdidas más tristes: cada vez cuesta más vivir un acontecimiento histórico con cierta limpieza. Incluso un hito como Artemis II —lanzado por la NASA el 1 de abril de 2026 como la primera misión tripulada alrededor de la Luna en más de 50 años— no nos llega como una experiencia compartida de asombro, sino como otra pieza del gran triturador de contenido: recortado en clips, cruzado por takes instantáneos, lecturas ideológicas, conspiraciones, sarcasmo y la ansiedad de opinar antes de sentir.
La Tierra no cambiaba su foto de perfil desde hace 54 años y a la gente le vale madre.
Eso no significa que la conversación crítica sea siempre mala. Significa que la plataforma ya no distingue entre lo importante y lo explotable. Todo entra al mismo embudo. Todo se aplana al mismo ritmo. Todo se vuelve scroll. Y cuando todo se vuelve scroll, también se vuelve más difícil sostener la atención necesaria para el arte, la contemplación, la ambigüedad o la complejidad.
Entonces, ¿qué hacer? Según Doctorow…
Doctorow no plantea que esto se resuelva solo con “mejores hábitos digitales”. Su argumento va más allá: para frenar la mierdificación hacen falta reglas que limiten el poder de los grandes intermediarios, faciliten la salida de plataformas y abran paso a la interoperabilidad, es decir, que cambiar de servicio no implique perder tus datos, tus contactos o tu vida digital entera. En esa dirección, la Unión Europea ya empuja obligaciones para los llamados “gatekeepers” bajo la Digital Markets Act.
Tal vez resistir la mierdificación no empieza solo por irnos de una app, sino por recordar qué tipo de atención queremos defender. Volver a espacios donde todavía exista contexto. Suscribirnos a medios, newsletters o proyectos independientes que no dependan enteramente del shock para sobrevivir. Buscar comunidades menos masivas y más específicas. Volver a formatos que no nos exijan reaccionar en tiempo real. Recuperar, incluso, experiencias fuera de pantalla.
Y ahí el arte importa mucho.
Porque el arte, cuando no está reducido a contenido, todavía puede enseñarnos otra velocidad. Otra mirada. Otra relación con el tiempo. Frente a un internet que nos quiere productivos, predecibles y permanentemente disponibles, detenernos frente a una obra, leer algo con calma o entrar a un espacio cultural sin esperar recompensa inmediata también es una forma de resistencia.
Arte: Piero Manzoni, Merda d’artista (1961)
La mierdificación nombra una época, sí. Pero también nos obliga a nombrar lo que no queremos normalizar: que toda conversación termine en mercado, que todo vínculo termine en dato, que toda emoción termine en métrica.
Defender espacios más humanos, más lentos, más locales y más significativos no es una postura romántica. Es una postura política y cultural.
Porque cuando todo parece optimizado para capturarnos, elegir aquello que todavía nos deja pensar, sentir y mirar con libertad ya es una manera de salirnos del guion.

