La tecnología es un lienzo

Hay algo pasando en internet que, a primera vista, podría parecer otra estética más: mujeres decorando gadgets, armando computadoras caseras, personalizando interfaces, usando moñitos, colores pastel, perlas, cajas de comida, charms, stickers y todo ese universo visual que durante años quedó fuera de la idea de “tecnología seria”.

Y sí, se ve bonito. Pero quedarnos solo con la parte visual sería leerlo muy por encima.

Lo que nos interesa de esta tendencia es que la tecnología empieza a sentirse más tocable, más cercana y más personal. Durante mucho tiempo, los objetos tecnológicos importantes parecían obligados a verse fríos: negros, grises, minimalistas, limpios, casi invisibles. Como si la ausencia de personalidad fuera una señal de inteligencia. Como si lo técnico tuviera que sentirse lejano o intimidante para ser respetado.

Esta nueva ola propone otra relación. Una donde se puede aprender desde el juego, programar desde la curiosidad y construir conocimiento desde una estética que no pide permiso para verse femenina, rara, suave, exagerada o divertida.

También aparece en un momento donde usamos tecnología todo el tiempo, pero entendemos muy poco de cómo funciona. Vivimos rodeados de apps, algoritmos, plataformas y sistemas que deciden qué vemos, qué compramos, qué escuchamos y hasta qué creemos que nos representa. Son herramientas que cambian de un día para otro, se actualizan sin explicarnos demasiado y nos dejan con una sensación extraña: están presentes en nuestra vida diaria, pero casi nunca tenemos verdadero poder sobre ellas.

Por eso, cuando alguien abre un dispositivo, arma una computadora casera, programa una herramienta o modifica un objeto tecnológico para que se parezca más a su mundo, leemos ahí algo más profundo que una manualidad digital. Vemos una forma de recuperar agencia. Una manera de decir que eso que usamos todos los días también se puede entender, tocar y transformar.

Personas que ya lo están haciendo

Uno de los casos más claros es Annike Tan, conocida como Ube Boobey. Ella construyó un cyberdeck dentro de una bolsa tipo concha, lleno de perlas, detalles dorados, musgo falso, teclado, pantalla y una estética de laptop sirena que parece salida de una fantasía marina. Lo importante es que funciona. Medios la describen como parte de una nueva ola de computadoras caseras, estéticas y hechas a mano, muchas de ellas construidas dentro de bolsos u objetos inesperados. Sus videos de DIY tech han acumulado más de 32 millones de views.

Cyberdeck

Lo que nos gusta de este caso es que rompe con una idea muy clavada: una computadora no tiene que parecer una caja gris para ser tecnología real. Su cyberdeck vuelve la personalidad parte del objeto. La estética no aparece como un adorno puesto encima, sino como parte de la forma en que la herramienta existe, se usa y se entiende.

Otro caso buenísimo es Brianna, creadora detrás de CocoasAesthetic. Ella tomó una caja rosa de Dunkin’ y la convirtió en un cyberdeck. Además, como software engineer, programó dentro del objeto un videojuego de barista. Ahí el gesto se vuelve muy claro para nosotros: una caja cotidiana, casi desechable, se convierte en soporte para código, juego y experimentación técnica. Puedes ver su obra aquí en TikTok.

Estos casos vuelven mucho más interesante la conversación. Las creadoras están abriendo, armando y reinterpretando la tecnología desde sus propios códigos visuales. La tratan como se trata un cuaderno, una pared, una chamarra o una libreta llena de stickers: como algo que puede cargar identidad, memoria, humor y obsesiones personales.

Y siempre aparece la nostalgia

Hay algo de esta era que nos recuerda mucho a los gadgets de los 2000. Celulares con tapita, carcasas intercambiables, charms, cámaras digitales, reproductores de música, teclados de colores, objetos con personalidad. No todo era perfecto, pero había una relación más física con la tecnología. Se podía intervenir, reconocer, cargar de señales propias.

Después llegó la era del dispositivo perfecto: sellado, minimalista, elegante, limpio, intocable. Todo se volvió más premium, pero también más cerrado. Más eficiente, pero menos juguetón. Más bonito desde la marca, pero menos modificable desde la persona.

Por eso esta vuelta al whimsy se siente tan fresca. Nos parece que estamos viendo una reacción contra una tecnología demasiado perfecta para tocarla y demasiado compleja para cuestionarla. También vemos una nostalgia por objetos que tenían más carácter y un deseo de que las herramientas actuales vuelvan a sentirse habitables.

Una tecnología más modular también puede ser más sostenible

Hay otro punto importante: si nuestra tecnología se vuelve más personalizable, también podría volverse más modular. Y si se vuelve más modular, puede ser más fácil de reparar.

Esto importa en una época donde muchos dispositivos parecen diseñados para ser reemplazados antes que arreglados. La Unión Europea adoptó una directiva de derecho a reparar para promover un consumo más sostenible a través de la reparación y la reutilización de productos; los países miembros deberán transponerla a sus legislaciones nacionales antes del 31 de julio de 2026.

El problema es enorme: el Global E-waste Monitor 2024 reportó que en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo, y que solo 22.3% fue documentado como recolectado y reciclado adecuadamente.

Desde ahí, una laptop sirena, una caja de Dunkin’ convertida en computadora o un pato que graba audios empiezan a apuntar hacia una conversación más grande. Nos hablan de una tecnología que se puede abrir, entender, adaptar, cuidar y jugar. También de una relación menos pasiva con los objetos que usamos todos los días.

Intervenir es entender

Desde ArtBank, esta conversación nos interesa porque habla de intervención, apropiación y comunidad. Un gadget intervenido, una interfaz personalizada, una herramienta reparada o una app creada desde cero también pueden volver propio algo que antes se sentía ajeno.

Quizá esa sea la parte más poderosa de esta era: más personas están encontrando permiso para entrar a lo técnico desde sus propios lenguajes. No desde la estética esperada de Silicon Valley, ni desde la solemnidad del manual, sino desde la curiosidad, el juego, la rareza y la sensibilidad personal.

Nos gusta pensar que el futuro también puede verse como una mesa llena de cables, stickers, libretas, pantallas, uñas pintadas, café, errores, tutoriales y gente aprendiendo junta.

Tal vez la tecnología que viene necesita sentirse más abierta, reparable, modular y nuestra. Una herramienta se vuelve verdaderamente cercana cuando podemos poner algo propio en ella: imaginación, criterio, tiempo, cuidado y manos.

Esta nueva ola nos recuerda que la tecnología puede dejar de sentirse como una caja negra. Puede ser un espacio donde se aprende, se juega, se repara y se imagina.

Eso también puede ser un lienzo.

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