¿por qué volvimos “aburrido”lo que antes era precioso?
Evolución gráfica: Del dedo a la flecha: el caso de la manícula.
Hay una tristeza muy específica en ver cómo algo lleno de carácter termina reducido a un símbolo plano.
Nos pasa seguido: estamos frente a algo hermoso, lleno de personalidad, y de pronto lo vemos convertido en un ícono genérico que podría vivir en cualquier parte del mundo sin decir nada de nadie. Y sí, nos explota la cabeza cada vez que recordamos esto: la flecha como símbolo gráfico de “señalar / dirigir” no se vuelve común sino hasta relativamente tarde, mientras que antes la gente dibujaba manículas: manitas con manga, encaje, uñas, humor, intención.
Antes no era “dirección”. Era presencia.
Una manícula no solo apunta: deja rastro. Es la evidencia de que alguien estuvo ahí, leyó, sintió, reaccionó, se enojó, se emocionó… y decidió marcarlo con su mano (literalmente). Por eso nos gustan tanto: no son “interfaz”, son gesto humano.
Y no es romanticismo nostálgico medieval: las manículas aparecen como marginalia en manuscritos desde hace siglos y fueron súper comunes entre lectores y editorxs (sobre todo entre los siglos XII y XVIII).
La Newberry Library lo dice precioso: eran marcas privadas de curiosidad, alegría, desacuerdo, asombro—una conversación íntima con el texto.
Entonces, ¿por qué simplificamos lo bonito hasta volverlo plano?
Caemos en la trampa: creemos que “simplificar” es igual a “mejorar”. Pero lo que realmente suele pasar es esto:
1) Porque el cerebro ama el atajo
Entre más grande se vuelve el mundo (más señales, más pantallas, más instrucciones), más ganan los símbolos que se entienden en milésimas. La flecha reduce interpretación: “por aquí”. Y listo.
2) Porque la estandarización fue el precio de hablar con todxs
La manícula es personal, variable, artesanal. La flecha es reproducible, escalable, universal. En mapas, diagramas y sistemas técnicos, la flecha empieza a aparecer como convención moderna (por ejemplo, hay un caso temprano bien citado en 1737 en un tratado francés).
Cuando diseñamos para masas, lo singular estorba… y lo estándar se vuelve “neutral” (aunque esa neutralidad también borra identidades).
3) Porque pasamos del “yo marco lo que me importa” al “te digo por dónde moverte”
La manícula nace desde el lector. La flecha se vuelve lenguaje de sistemas: señalética, tránsito, UX, funnels, flujos. No es solo forma: es relación de poder. La flecha ordena. La manícula sugiere, conversa, comenta.
Flechas y sus tipos
No todo lo simple es aburrido
Aquí nos toca ser honestxs: simplificar no es el villano. Hay simplificaciones bellísimas. El problema es cuando la simplificación se vuelve automática y empieza a borrar lo humano: el error bonito, el acento local, el humor, la textura.
Y esto conecta directo con algo que repetimos mucho en ArtBank: no buscamos uniformidad perfecta; buscamos claridad, confianza y reconocimiento inmediato… pero con actitud y energía local.
O sea: claridad sí, pero sin convertirlo todo en plantilla.
La pregunta que nos mueve
Si antes una manita podía cargar personalidad y emoción, ¿por qué hoy aceptamos que “señalar” tenga que ser frío?
Nos gustaría encontrar una oportunidad para replantear la respuesta: traer de vuelta la manícula como símbolo de humanidad, no para reemplazar la flecha, sino para recordarnos que el mundo también se puede guiar con cariño, con humor, con identidad.
Porque una manícula no solo apunta…
Señala lo que vale la pena, desde el gesto más humano.

