Un año no se resume, se procesa

El último día del año suele venir acompañado de una presión silenciosa: entenderlo todo, sacar conclusiones, convertir doce meses en una lista clara de aprendizajes. En el mundo creativo, ese impulso casi siempre se queda corto. El arte, los procesos y las decisiones que lo rodean no funcionan en bloques cerrados ni en balances rápidos.

Por eso, más que resumirse, un año se procesa.

El error de querer cerrar el año como si fuera un proyecto

En muchos ámbitos se espera que el 31 de diciembre funcione como un punto final. Que todo lo que pasó tenga una explicación clara y que lo que no “funcionó” pueda archivarse sin más. En la práctica artística, esa lógica rara vez aplica.

Hay proyectos que no se terminaron porque todavía no debían hacerlo. Hay ideas que no llegaron a producción, pero que movieron una forma de pensar. Hay colaboraciones que no se concretaron y aun así redefinieron criterios, límites o prioridades. Forzar un cierre inmediato puede borrar ese valor intermedio que, en realidad, sostiene el trabajo futuro.

Procesos invisibles: lo que no se publicó también importa

No todo lo que ocurrió este año fue visible. Y eso no lo hace menos relevante.
Mucho del trabajo creativo sucede fuera del escaparate: ajustes internos, decisiones estratégicas, replanteamientos, dudas, pausas necesarias.

En un contexto donde se mide casi todo por resultados públicos —exposiciones, ventas, publicaciones, números— es fácil olvidar que los procesos silenciosos también construyen carrera, lenguaje y criterio. Procesar el año implica reconocer ese trabajo que no siempre se muestra, pero que sí deja estructura.

Llegar cansados al final del año no es una anomalía, es una señal. El agotamiento creativo no siempre habla de falta de disciplina o de mala organización; muchas veces habla de ritmos poco sostenibles, de sobreexigencia o de modelos que ya no funcionan igual.

Procesar el año también significa leer ese cansancio con seriedad y no descartarlo como algo que hay que “superar” rápido. Ignorarlo suele llevar a repetir los mismos errores en el siguiente ciclo.

La narrativa del progreso continuo no se ajusta a cómo realmente se mueve el arte. El año se construye por acumulación: pruebas, errores, correcciones, regresos, insistencias. Algunas cosas se entienden en el momento; otras solo adquieren sentido meses después, cuando reaparecen transformadas en otra pieza o en otra decisión.

Pretender que todo cierre en diciembre es desconocer esa lógica. Procesar el año es permitir que esas capas sigan decantándose.

Cerrar sin forzar también es una decisión creativa

Elegir no resumir el año, no empaquetarlo ni convertirlo en una narrativa perfecta es una forma consciente de trabajar. Implica entender que el sentido no siempre aparece cuando se le exige, sino cuando se le da tiempo.

Procesar antes de producir.
Entender antes de concluir.

Y en un ecosistema creativo que suele premiar la velocidad, tomarse ese tiempo también es una postura.

Anterior
Anterior

Xiuhtezcatl Martínez: raíces mexicanas, voz joven y futuro en construcción 

Siguiente
Siguiente

El peso de la tierra: cuando una imagen sostiene un país entero