La Abeja (Puebla)
El uniforme también es parte de la obra
En Puebla existe un tipo de tienda que no se visita “a comprar ropa”, sino a entrar a un código cultural. “La Abeja” no es una boutique: es un archivo vivo de mezclilla, de costuras bien hechas y de una idea muy específica de dignidad cotidiana. Ahí, el uniforme no es “uniformarse”: es prepararse para hacer, para cargar, pintar, construir, reparar. Y también —curiosamente— para crear.
El origen: una tienda nacida del trabajo (no de la moda)
La historia arranca con una migración y con un oficio aprendido en el camino. Radio México Internacional (IMER) cuenta que el fundador —el señor Exaire— llegó a México desde un pueblo cercano a Beirut, con su familia, y empezó vendiendo ropa en abonos en poblaciones cercanas a Puebla; conoció la zona, aprendió náhuatl y fue construyendo confianza entre clientes campesinos, obreros y ferrocarrileros. Con el tiempo decidió abrir una tienda y llamarla “La Abeja” como homenaje a la tenacidad del insecto trabajador.
Esa vocación no cambió: ropa resistente, útil, económica y bien cosida; un lugar con horarios y ritmo “de antes”, cuando comprar era también conversar, medir, arreglar y volver.
El outfit de la creación: peto + yompa
Aquí está lo fascinante del uniforme: no es estético por intención, sino por función.
El pantalón de peto (overol) nació como uniforme de ferrocarrileros: aguanta fricción, tierra, grasa; tiene estructura y bolsillos que de verdad sirven.
La “yompa” (chamarra/camisola de mezclilla) parece diseñada para un taller… y en efecto: los bolsillos grandes están pensados para herramientas, y hasta hay compartimentos específicos (lápiz, reloj, documentos)
Lo que nos interesa culturalmente es esto: cuando un artista se pone un uniforme de trabajo, está eligiendo un cuerpo para producir. Una prenda que protege, que carga instrumentos, que permite ensuciarse sin culpa. Es casi un ritual: “me visto para entrar al modo-hacer”.
De ferrocarrileros a muralistas: Diego Rivera + Desiderio Hernández Xochitiotzin
La tienda carga un mito que se volvió verdad repetida: que artistas compraban ahí. Y en este caso, hay varias notas periodísticas que coinciden: Diego Rivera mandaba comprar su ropa de trabajo en “La Abeja” en los últimos años de su vida.
Y hay un segundo nombre clave para sostener la idea del “uniforme para crear”: el muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin también fue cliente, según crónicas locales sobre la tienda y sus prendas. Si alguien duda de qué tan “famoso” es, vale contextualizarlo: el INBAL lo reconoce como figura relevante del muralismo mexicano, con su obra emblemática en los muros del Palacio de Gobierno de Tlaxcala.
Aquí hay un punto fino: no es que “La Abeja” vistiera artistas por glamour; los vistió porque el arte también es oficio, y el oficio necesita ropa real.
¿Sigue viva la esencia de comprar estos atuendos?
La pandemia golpeó fuerte a los comercios tradicionales. Telediario reportó que “La Abeja” pausó su operación en su local de la 6 Oriente (la “calle de los dulces”) y que buscó continuar con ventas por plataformas digitales, con la intención de volver. Y, en paralelo, otras crónicas narran su regreso tras la pausa, con la misma lógica: el nombre intacto, el inventario de mezclilla y la continuidad del trato.
Pero la pregunta de fondo no es si sigue abierta “igual que antes”, sino si sigue vigente la necesidad cultural que la hizo existir. Y aquí nuestra lectura es clara: sí, porque hoy vuelve un deseo que parecía perdido: ropa que dura, no ropa que “rota” por temporada; funcionalidad honesta (bolsillos reales, costuras fuertes); y el placer de comprar en un lugar con memoria, donde cada prenda trae un linaje de trabajo.
En un mundo donde el “uniforme” se volvió #OOTD el Outfit of the Day, “La Abeja” recuerda algo más potente: primero fue herramienta, luego símbolo.