Recargar la creatividad: cuando el año se acaba y las ideas también
Llega ese momento del año en el que no se nos puede caer ni una idea más.
Estamos mentalmente exprimidos, con la cabeza llena y la creatividad en reserva. El cansancio no es solo físico: es emocional, mental y creativo. Todo pesa. Todo cuesta. Y lo único que queremos es que sea 31 de diciembre y apagar el switch.
A fin de año no estamos vacíos: estamos agotados.
Agotados de decidir, de producir, de pensar, de cumplir. De forzar ideas cuando ya no hay espacio para que aparezcan. Y eso también es parte del proceso creativo, aunque a veces se sienta como un fracaso.
Pero entonces pasa algo casi mágico.
Llega el 1 de enero y, sin darnos cuenta, algo se reinicia. No porque todo esté resuelto, sino porque vuelve el deseo. Aparecen planes, proyectos, listas mentales de cosas que sí queremos hacer. No procrastinar. Escribir. Leer. Dibujar. Pintar. Escuchar música nueva. Ver películas con otros ojos. Volver a mirar el mundo con curiosidad.
La creatividad no se recarga trabajando más.
Se recarga alimentándola.
Cuando le damos espacio al arte, aunque no “produzca” nada inmediato, algo se acomoda. Leer abre ideas. Pintar libera. La música ordena emociones. El cine despierta preguntas. Ir a muestras y exposiciones nos saca de la rutina, nos confronta con otras miradas. Esas experiencias crean huecos mentales donde nacen conexiones nuevas.
Crear no siempre es hacer.
A veces es detenerse, observar, absorber.
Quizá no se trata de exigirnos más ideas, sino de cuidar la mente que las produce.
De permitirnos cerrar el año cansados, sin culpa. Y empezar el siguiente no corriendo, sino recargados.
La creatividad no se exprime: se cultiva, se cuida y se vuelve a encender cuando le damos espacio para respirar.