La silla de amor y odio de Pedro Friedeberg
Un trono para sentarse entre extremos
En el universo de Pedro Friedeberg, sentarse nunca es un acto neutral. Es una postura emocional, ideológica y estética. Su famosa silla de amor y odio no fue pensada para el confort, sino para confrontar: un objeto que obliga al cuerpo —y a la mente— a elegir o, al menos, a reconocer que vivimos constantemente entre dos fuerzas opuestas.
La pieza funciona como un símbolo dual. De un lado, el amor; del otro, el odio. Dos palabras simples, casi infantiles, pero cargadas de una densidad humana imposible de ignorar.
El odio como declaración
Friedeberg nunca escondió su relación frontal con el odio. Al contrario: lo asumió como una forma de claridad intelectual. En una de sus declaraciones más citadas, el artista afirmó:
“Yo odio el arte conceptual.”
No lo dijo desde la rabia, sino desde la convicción. Para él, el odio no era destrucción, sino una manera honesta de tomar postura, de marcar límites frente a lo que consideraba vacío, pretencioso o desconectado del goce visual y simbólico.
Ese mismo espíritu atraviesa la silla de amor y odio. No hay neutralidad. No hay punto medio cómodo. Hay elección.
Diseño como manifiesto
Formalmente, la silla remite al lenguaje barroco y ornamental que caracteriza su obra: exceso, referencias espirituales, ironía y humor. Pero aquí, el ornamento no es decoración: es discurso.
La silla no es cómoda. Y no debería serlo. Porque vivir entre el amor y el odio tampoco lo es.
Friedeberg entendía el diseño como un vehículo conceptual. Sus muebles no buscan servir, buscan decir. En este caso, la silla se convierte en un trono incómodo desde el cual se gobiernan las emociones humanas más primitivas.
Sentarse es tomar postura
Lo interesante de esta pieza es que obliga a preguntarse:
¿desde dónde me siento yo hoy?
¿desde el amor o desde el odio?
En tiempos de polarización —social, política, cultural— la silla de Friedeberg sigue siendo brutalmente vigente. Nos recuerda que odiar también puede ser un acto consciente, una forma de rechazar lo que no se cree, lo que no se siente propio.
Más que una silla, un espejo
La silla de amor y odio no se limita al campo del arte objeto. Funciona como un espejo emocional. Friedeberg convierte algo cotidiano en una pregunta abierta, casi filosófica.
Porque al final, nadie se sienta sin cargar su propia historia.
Y nadie ama sin haber odiado antes.